La Herida Ancestral Masculina

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Hay una historia muy antigua que se remonta a las leyendas del folclore judío. Es la historia de la primer mujer y el primer hombre que vivieron sobre el jardín del Edén.

Es la historia de Lilith, que nos remonta a una era matriarcal, y nos habla de cómo la energía femenina se elevó ante el masculino, revelándose en su contra para finalmente abandonarlo. La mujer que se convirtió en la madre que asesina a sus propios hijos.

A nivel psicológico Lilith representa el lado sombra de la energía femenina que actúa en base a impulsos inconscientes quebrantando el orden natural de las cosas, que puede estar oculta y reprimida en el interior de algunas mujeres, pero que puede permanecer viva y actuando desde las profundidades del inconsciente.

A través de mitos como este, repletos de símbolos y metáforas, la humanidad ha transmitido durante generaciones el significado intrínseco de la experiencia humana.

Más allá de las interpretaciones históricas, religiosas y filosóficas, la leyenda de Lilith es la historia que personifica el nacimiento de la antigua herida ancestral masculina, derivando en la creación del sistema patriarcal – por el masculino herido y ensombrecido – ante el abandono y el rechazo de la energía femenina sin ningún remordimiento ni culpa.

A través de este abandono, el masculino se torna triste, sombrio, con un dolor y enojo hacia el femenino, que ha sido transmitido a través de los tiempos, en el ADN de los seres humanos.

Como mujeres, representantes de la energía femenina en la tierra, nos corresponde aceptar la responsabilidad a nivel energético, de haber sido nosotras mismas las creadoras de nuestra propia opresión, alzándonos encima del masculino.

Reconociendo que si hay una energía masculina herida es porque hubo una energía femenina que lo rechazó y abandono. Aceptando, integrando y finalmente liberando es como podemos aportar a la existencia la sanación de esta herida ancestral masculina.

En mi experiencia personal he sido testigo claramente de esta situación en varias ocasiones y particularmente en mis últimas relaciones de pareja.


Pude reconocer al hombre-niño que fue rechazado por su madre, o que no experimentó suficiente amor y nutrición de la mujer que lo trajo al mundo. O aquél que vivió la pérdida de la presencia física de su madre y que ahora busca en diversas mujeres de su pasado mantener una conexión profunda como una forma de nutrirse de esa energía femenina que le hace falta.

Hombres-niños que proyectan el arquetipo de la madre en sus parejas, buscando consuelo, atención, protección y cuidado. Hombres-niños que lloran, que aún les duele, que se enojan y encaprichan y en ocasiones se alejan cuando no reciben lo que desean.

Como pareja en ocasiones me vi a mi misma arrastrada por esa herida masculina y caer en el papel de la mujer amante-madre con el amante-hijo, sin ser plenamente consciente desde donde estaba operando o siendo motivada.

Cuando reconocí y acepte finalmente que esa energía herida masculina estaba también dentro de ti, proyectada hacia mi compañero, fue cuando tome la consciencia de no darle poder a esa herida y no responder a la trampa de querer convertirme en su madre y de hacerme cargo únicamente de sanar y liberar mi parte.

Reconociéndome como mujer amante y compañera, sabiendo que no es mi responsabilidad nutrirlo energéticamente si no mas bien retroalimentarnos juntos.
 Cuando el hombre sana su herida ancestral con el femenino, puede acceder finalmente a la energía de amante, con quien puede ser posible lograr un camino de alquimia divina y equilibrio.
Pido perdón a todos los hombres que abandone y rechacé y perdono a todos los que me abandonaron y me rechazaron. Reconociendo que no hay nada realmente que perdonar, si no agradecer por el recuerdo de que nunca nos abandonamos y rechazamos afuera realmente, porque estas energías viven y operan juntas dentro de cada uno de nosotros.


Flor de Belén



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