La Guardiana de los Misterios Sagrados

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Érase una vez... Hace mucho tiempo...

En las sociedades secretas y los templos antiguos, las mujeres eran respetadas y reverenciadas como la encarnación viviente del modelo divino de la Gran Diosa. 

Sus cuerpos eran vistos como el conducto sagrado y alquímico de creación y transformación, como templos radiantes de divinidad llenos de sanación y vitalidad. Como corrientes de luz y energía que brotan sin parar de la fuente primordial de la vida, profundamente en sintonía con el mundo interno del espíritu y de las fuerzas exteriores de la naturaleza. 
La mujer era llamada la "Guardiana de los Misterios Sagrados".

Trabajando juntas lado a lado, día tras día, constantemente compartiendo sus interiorizaciones y observaciones, sus sueños y visiones. A través de los siglos, las mujeres desarrollaron un conocimiento profundo y sofisticado de sus cuerpos. 

Una parte esencial de este conocimiento fue aprender a percibir y mantener la energía psíquica-emocional del panorama de la sociedad, el reino de la energía sutíl, la emoción, la vibración y la sensación que es reconocida por sanadores y místicos de penetrar toda la realidad, enlazando el plano espiritual y el material.

En su rol crucial como madres, tutoras, visionarias y pacifístas, estas sabias y amorosas mujeres sabían que su tarea fundamental era mantener la armonía y el equilibrio dentro de su comunidad y alrededor del mundo.


Sabiendo que cada pensamiento, cada acción tiene un profundo impacto, no solo sobre sus propias vidas y la de sus hombres e hijos, sino en el tejido de la vida misma, como maestras, guías, sanadoras, mediadoras, consortes y las iniciadoras dentro de los misterios sagrados del nacimiento, la muerte, la sexualidad y la transformación espiritual.

Ellas transmitían la luz y el poder que sostenía toda la civilización.

A través de los siglos, con ensayo y error, con la comprensión y la intuición, estas enseñanzas y prácticas fueron desarrolladas para entrenar a las mujeres jóvenes y ayudarlas a centrar y mejorar sus habilidades innatas de perspicacia para que mantuvieran un equilibrio energético-emocional.

Por medio de la tradición oral se fue pasando de madres a hijas, de abuelas a nietas, de maestras a estudiantes. Trascendiendo el uso de las palabras y el lenguaje escrito.

Estas prácticas enseñaron a las mujeres jóvenes a como trabajar con la refinada y poderosa energía de la emoción, armonizando la dimensión de sus sueños, augurios y visiones para desarrollar cualidades tales como la intrepidez, el compromiso, el uso correcto de la energía, la alegría, la felicidad, la generosidad, la humildad, la paciencia, la serenidad, el amor y la compasión.




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